LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

LA AMARGA VISIÓN DE GINEVRA D'ESTE -PISANELLO- (de Jesús Ponce Cardenas)

Alma casi de una edad agonizante
 Antonio Zayas 


 
Retrato de Ginevra D'Este. Pisanello,Museo del Louvre, Paris






Deja toda esperanza o un leve sopor 
entre las violetas carnosas 
y los dormidos asfódelos. 
Inmersa en un óvalo de claridad enferma, 
observarás tres presagios que surcan 
los senderos del aire imperceptibles. 
Con una brizna de jóvenes perfumes, 
el plisado de una llama moribunda 
circuanda tus nieves cansinas 
como un halo de agua va gestando 
aquellas perlas que en su túmulo 
de nácar sueñan con el rígido  enebro. 
Bajo los cielos fatigados de la tarde darías 
un relámpago de lino, 
cimeras, paramentos, bordaduras, 
lirios a manos llenas 
para ceñir tu cráneo 
entre serenas losas.
La ya tenue sonrisa 
o una leve canción para la muerte.

LA FUENTE -INGRES- (de Vicente Aleixandre)



La fuente. Ingres, 1856. Museo de Orsay, Paris










Sobre la fuente había piedra limpia.
Limpia el agua pasaba.
Había sol y campo. Tu serena
carne se ofrecía
caliente al viento hecho gracia.
Pasé yo por tu lado. Enhiesta estabas,
cántaro a la cadera, a regresar.
Pasé yo por tu lado. Fresco niño,
al detenerme iba. Tú alargaste
tu gesto permanente y me dijiste:
Pero, pasa...

Y pasaba, pasaba largamente, prolongando
bajo tu sombra mi estancia.
Cuando ya mí cuerpo estaba lejos
y junto a tu sombra el agua.

CARMENCITA -Sargent- (de Manuel Machado)




      Esta española yanki, y tan francesa,
que es toda España —para el mundo— tiene
un ardor en los ojos, que le viene
de un corazón de virgen satiresa.

Mística, y tan carnal, sabe de amores
únicos y de espamos indecibles.
Y coloran sus labios los terribles
rojos de las heridas y las flores.

Pasión rugiente duerme en su ancha ojera,
y en el seno magnífico, que exulta,
un gran valor y un miedo milenario...

Puesta la mano en la gentil cadera,
junto de la morena carne oculta
una navaja y un escapulario.




La Carmencita. 
John Singer Sargent, 1890
Musée d'Orsay, París
 

RUEGA A FILIS QUE HAGA MÁS COMUNICABLE SU HERMOSA PRESENCIA (de Diego de Torres Villarroel)



No encubras, Filis mía, tus facciones,
tus ojos apacibles y serenos,
solo en tus perfecciones se echa menos
el no comunicar tus perfecciones.

No ves en las floridas estaciones
las flores en los cuadros más amenos
derramar su hermosura, y dejar llenos
los sentidos rompiendo sus botones.

Tú eres un cuadro que el autor divino
plantó del mundo en el jardín hermoso,
dando al sentido gloria en su pintura.

No escondas, no, tu rostro peregrino,
que le robas al mundo un bien precioso
mira que es bien ajeno la hermosura.





CUADROS DE CASPAR D. FRIEDRICH (de Aurora Saura)




 






















Apenas 
una figura humana 
anónima,
embebida
en la amenaza del mar 
o en los abismos 
de montañas sin límite.

Lo demás es la niebla, 
las voces de la luna,
el incierto color de la mañana 
y del ocaso, 
los árboles desnudos.

Lo demás es silencio, 
es el adiós, la pérdida.


 


MI MUSEO IDEAL -Diez cuadro de Gustave Moreau- (de Julián de Casal)



Nota previa:

En ocasiones, algunas écfrasis, es decir, las descripciones literarias de un poeta sobre las obras plásticas de un artista han surgido de la amistad o de la admiración que uno de ellos o ambos se profesan mutuamente. Es lo que sucedió, por ejemplo, entre el poeta parnasiano, el cubano Julián del Casal (1863-1893)  y  el pintor simbolista francés Gustave Moreau (1826-1898).  Julián del  Casal quedó cautivado por la pintura de Moreau y decidió escribirle, el cual no solo le contestó, enviándole algunas reproducciones de sus cuadros, sino que de aquella relación epistolar que se prolongó después en el tiempo, nacieron una serie de poemas del cubano inspirados en los cuadros del francés. En el poemario Nieve (1892) de Julian del Casal  hay con una sección titulada "Mi museo ideal", que contiene unas serie de sonetos y un poema dedicados íntegramente a las pinturas del Moreau.Son estos:

RETRATO DE GUSTAVO MOREAU



Rostro que desafía los crueles
Rigores del destino; frente austera
Aureolada de larga cabellera,
Donde al mirto se enlazan los laureles.

Creador luminoso como Apeles,
Si en la Grecia inmortal nacido hubiera,
Cual dios entre los dioses estuviera
Por el sacro poder de sus pinceles.

De su Ideal divino a los fulgores 
Vive de lo pasado entre las ruinas
Resucitando mágicas deidades;

Y dormita en sus ojos soñadore
Como estrella entre brumas opalinas,
La nostalgia febril de otras edades.
 




SALOME
 
En el palacio hebreo, donde el suave
Humo fragante por el sol deshecho,
Sube a perderse en el calado techo
O se dilata en la anchurosa nave,

Está el Tetrarca de mirada grave,
Barba canosa y extenuado pecho,
Sobre el trono, hierático y derecho,
Como adormido por canciones de ave.

Delante de él, con veste de brocado
Estrellada de ardiente pedrería,
Al dulce son del bandolín sonoro,

Salomé baila y, en la diestra alzado,
Muestra siempre radiante de alegría,
Un loto blanco de pistilos de oro.

 
II

LA APARICIÓN
 
Nube fragante y cálida tamiza
El fulgor del palacio de granito,
Ónix, pórfido y nácar. Infinito
Deleite invade a Herodes. La rojiza
 
Espada fulgurante inmoviliza
Hierático el verdugo, y hondo grito
Arroja Salomé frente al maldito
Espectro que sus miembros paraliza. 

Despójase del traje de brocado
Y, quedando vestida en un momento,
De oro y perlas, zafiros y rubíes,

Huye del Precursor decapitado
Que esparce en el marmóreo pavimento
Lluvia de sangre en gotas carmesíes.



III

PROMETEO


Bajo el dosel de gigantesca roca
Yace el Titán cual Cristo en el Calvario,
Marmóreo, indiferente y solitario,
Sin que brote el gemido de su boca.

Su pié desnudo en el peñasco toca
Donde agoniza un buitre sanguinario
Que ni atrae su ojo visionario
Ni compasión en su ánimo provoca.

Escuchando el hervor de las espumas
Que se deshacen en las altas peñas
Ve de su redención luces extrañas,

Junto a otro buitre de nevadas plumas,
Negras pupilas y uñas marfileñas
Que ha extinguido la sed en sus entrañas.



IV

 
GALATEA


En el seno radioso de su gruta
Alfombrada de anémonas marinas,
Verdes algas y ramas coralinas,
Galatea, del sueño el bien disfruta.

 Desde la orilla de dorada ruta
Donde baten las ondas diamantinas.
Salpicando de espumas cristalinas
El pico negro de la roca bruta,

Polifemo, extasiado ante el desnudo
Cuerpo gentil de la dormida diosa.
Olvida su fiereza, el vigor pierde

Y mientras permanece, absorto y mudo,
Mirando aquella piel color de rosa,
Incendia la lujuria su ojo verde.




ELENA


Luz fosfórica entreabre claras brechas
En la celeste inmensidad, y alumbra
Del foso en la fatídica penumbra
Cuerpos hendidos por doradas flechas.

Cual humo frío de homicidas mechas
En la atmósfera densa se vislumbra
Vapor disuelto que la brisa encumbra
A las torres de Ilion, escombros hechas.

Envuelta en veste de opalina gasa,
Recamada de oro, desde el monte
De ruinas hacinadas en el llano.

Indiferente á lo que en torno pasa.
Mira Elena hacia el lívido horizonte
Irguiendo un lirio en la rosada mano.









VI 
HERCULES ANTE LA HIDRA

En el umbral de lóbrega caverna
Y, a las purpúreas luces del ocaso,
Surge, acechando del viajero el paso,
Invencible y mortal, la Hidra de Lerna.
 
Mientras se extasía su maldad interna
En mirar esparcidos al acaso
Cuerpos de piel brillante como el raso,
Torso viril o ensangrentada pierna;
 
Hércules coronado de laureles,
Repleto el carcaj en el áureo cinto,
Firme en la diestra la potente maza,
 
Ante las sierpes de viscosas pieles
Detiénese en mitad del laberinto,
Fulminando en sus ojos la amenaza.




VII

VENUS ANADYOMENA


Sentada al pié de verdinegras moles
Sobre la espalda de un delfín cetrino
Que de la aurora el rayo purpurino
Jaspea de brillantes tornasoles,
 
Envuelta en luminosos arreboles
Venus, emerge el cuerpo alabastrino
Frente al húmedo borde del camino
Alfombrado de róseos caracoles.
 
Moviendo al aire las plateadas colas,
Blancas nereidas surgen de las olas
Y hasta la diosa de ojos maternales
 
Llevan, entre las manos elevadas,
Niveas conchas de perlas nacaradas,
Ígneas ramas de fúlgidos corales.



VIII

UNA PERI


Sobre alto promontorio en que dardea
La aurora sus reflejos de topacio,
Pálido el rostro y el cabello lacio,
Blanca Peri su cuerpo balancea.
 
Al claro brillo de la luz febea
Aléjase del célico palacio,
Abrazada a su lira en el espacio,
Retratada en la fúlgida marea.

Y al descender en delicioso giro,
Como visión lumínica de plata,
Ansiosa de encontrar a la Desdicha,
Vaga en sus labios lánguido suspiro
Y en sus violáceos ojos se retrata
el cansancio infinito de la Dicha.



IX

JÚPITER Y EUROPA


En la playa fenicia, a las boreales
Radiaciones del astro matutino,
Surgió Europa del piélago marino,
Envuelta de la espuma en los cendales.
 
Júpiter, tras los ásperos breñales,
Acéchala a la orilla del camino
Y, elevando su cuerpo alabastrino,
Intérnanse entre obscuros chaparrales.

Mientras al borde de la ruta larga
Alza la plebe su clamor sonoro,
Mirándola surgir de la onda amarga.
 
Desnuda va sobre su blanco toro
Que, enardecido por la amante carga,
Erige hacia el azul los cuernos de oro.




HERCULES Y LAS ESTINFÁLIDES


Rosada claridad de luz febea
Baña el cielo de xircadia. Entre gigantes
Rocas negras de picos fulgurantes,
El dormido Estinfalo centellea.

 
Desde abrupto peñasco que azulea
Hércules, con miradas fulminantes,
El niveo casco de álamos humeantes
Y la piel del león de la Nemea,

 
Apoya el arco en el robusto pecho
Y las candentes flechas desprendidas
Rápidas vuelan a las verdes frondas,
 
Hasta que mira en su viril despecho
Caer las Estínfálides heridas,
Goteando sangre en las plateadas ondas. 















SAN SEBASTIÁN (de Mario Luzi)


Flechas.
                  Sentía a pesar
                                                de aquel dolor agudo del costado,
                                                                                           flechas
                                                 zumbar aún, lanzarse
una tras otra

Antonello da Messina, 1476. Gemäldegalerie, Dresde
                           vibrando sobre el blanco
y el blanco era su pecho.
Ya cerca
                  se desviaba
alguna,
               se desviaban
muchas, una tras otra
hacia qué otro destino...
Él está en el centro
del sufrimiento, puesto
allí, ombligo
él mismo del mal,
de la tortura.
                            ¿A mí por qué, por qué
esta acrimonia
del enemigo
                         en contra de mi carne?
Monótono demonio.
Pero hormiguea -se da cuenta-
el mundo de pesares,
su suplicio no es suyo,
es de la especie que se mueve
y chapotea
                      en la luciente tina.
Oh no lo mortifica,
más bien lo reconforta
la comunión promiscua.
Casi no lleva más tormento
                            ni gloria
el dardo último que lo traspasa.


AQUÍ EL VERANO SE HIELA (de Hsiung Sung)



Te estoy poniendo en un cuadro.
Hay un camino en él como
una cinta, una larga cinta blanca
que se extiende hasta perderse
en la neblina y las nubes, en un sueño
bordado, de veinte leguas de largo,
en un pueblo junto al mar,
por el que podemos caminar sin
cansarnos nunca. Hay carámbanos allí
donde el camino sigue el borde
de la costa. Ahí el verano se congela
y quedas trasformado en un bosque
trasparente, en el que cada nueva hoja
pronuncia una palabra perfumada.
Tú la conoces bien, esta tierra
de mi blanco corazón polar, un canino
de veinte leguas, que cosecha tus huellas.
Una flor blanca, una flor blanca.


ZURBARÁN - ENTIERRO DE UN MONJE- (de Manuel Machado)




Exposición del cuerpo de San Buenaventura. 
Francisco de zurbarán, 1629. 
Museo del Louvre, París
Dejando la quietud de los sitiales, 
en procesión de lívida gordura, 
surgen del claustro, en la humedad oscura, 
las blancas estameñas monacales. 

Campanudos acentos funerales
estremecen la vieja arquitectura, 
y el blanco vaho del alba se aventura 
por las altas ventana ojivales.  

Despojos son no más, miseria inerte,
polvo que torna, en brazos de la muerte,
a devolver sus átomos al suelo: 

que el blanco monje, de virtudes muestra, 
rodeado de santos, a la diestra 
de Dios Nuestro Señor, está en el Cielo.

PESCANDO EN EL SUSQUEHANNA EN JULIO ( de Billy Collins)

Pescador amarrado a un banco. Jean Baptiste-Camille Corot

Para ser completamente sincero,
nunca he pescado en el Susquehanna
ni, de hecho, en ningún otro río.

Ni en julio ni en ningún otro mes
he tenido el placer -si es que es un placer-
de pescar en el Susquehanna.

Es más probable que me encontréis
en una habitación tranquila como ésta,
con el cuadro de una mujer en la pared

y un frutero con mandarinas en la mesa,
intentando manufacturar la sensación
de pescar en el Susquehanna.

No tengo ninguna duda
de que otros han pesacado
en el Susquehanna:

de que han remontado la corriente en un bote de madera,
y sumergido los remos en el agua,
y luego los han levantado, haciendo que gotearan a la luz.

Lo más cerca que he estado nunca de
pescar en el Susquehanna
fue una tarde en un museo de Filadelfia,

en la que pasé un buen rato
delante de un cuadro
En él, ese río trazaba un meandro

bajo el cielo azul, alborotado de nubes,
y los árboles se apiñaban en las riberas,
y un tipo con pañuelo rojo en la cabeza,

sentado en una barquita
verde, de fondo plano,
sostenía el fino látigo de un caña de pescar.

Eso es algo que yo probablemente
nunca haría, recuerdo
decirme a mí mismo y a la persona que estaba a mi lado.

Entonces parpadeé y me acerqué
a otras escenas americanas
de almiares y aguas espumeantes sobre las rocas,

incluso a una de una liebre parda
que parecía tan alerta, tan encendida de atención,
que me la imaginé saltando de repente del marco.


CASTILLO DE OLITE ( de Jesús Górriz Lerga)




El sol de la leyenda le amanece 
a Navarra en los ojos, como al roble 
su viento cada día, recio y noble 
que ampara su verdor y lo estremece. 

La flor de la nobleza no decrece 
jamás en esta tierra. Y, a redoble 
de atabal lo pregonan esta doble
luz de amor y de fe que aquí nos crece. 

En la luz de este sol que nos alumbra 
(el sol de la leyenda y la hidalguía), 
alza Olite el airón de sus almenas 

como un pavés glorioso que la encumbra 
en su piedra dorada, y en porfía 
hasta las cimas del azul, serenas.


Palacio de los reyes de Navarra en Olite. España






EL NIHILISTA PRESO - a propósito de un cuadro de Ilya Repin- (de Juan Cruz López)



El estudiante nihilista. Ilya Repin, 1883
El nihilista tiene
la mirada en fuga
y el pelo rojo,
como una de sus visiones
oscuras e incendiarias.

Acurrucado en un rincón
de su celda helada,
sueña con un mundo en ruinas
donde empezar a construir de cero.

El nihilista tiene
en el bolsillo un libro
y en la piel
la marca de las torturas.

Sus manos negras,
manchadas de pólvora,
dibujan en su imaginación
un nuevo camino hacia el desastre.

Si fuera por él,
arrancaría de cuajo
hasta la raíz del mundo.

El nihilista es enemigo,
sin embargo,
de la desesperación
(se sabe vencedor
al cabo de los siglos).

-Nada nos salvará -se dice-
y sonríe salvajemente.
Los golpes así
le duelen bastante menos.

En las mazmorras del zar
su dolorida carcajada
se eleva como una maldición.

El eco prevalece,
incluso,
por encima de la negación suprema:
su propia muerte.



HACIA OTRA VIDA (de Luis Antonio de Villena)




Era una baranda junto a la tumba de Viana:
No los campos de la pelea o de la muerte antigua vimos, no.
Instados por la lápida del héroe, decidimos cambiar la vida.
¿Queda vida? ¿A estas cuadrículas, leyes, prohibiciones,
reglas, trabajo, oscuridad, desaliento, normas, llamaría César la Vida?
Galopaban caballos blancos en una tierra sin tiempo. 
Una mujer hermosa cantaba lascivas canciones a un complaciente obispo. 
Alguien había abolido las obras de Justiano
y había nombrado a la emperatreiz Teodora, Reina Universal del Mundo
Una viaja rezaba ente piedras visigodas, 
yo le dije: si el Hombre fuese perfecto, perfecta sería su Norma. 
Mas somos sanguinarios, osados, absurdos. Nuestra Norma así, 
engaña una perfección que no posee...
El estupro no es bueno, pero acaso sea más saludable. 
La violencia no es buena, pero acaso sea más limpia.
La crueldad asusta, pero también trae caricias y dulzura no obligadas. 
Los salvajes -le dije a la vieja orante- 
son más nobles que los civilizados. No es Rousseau ni su mito.
Hablo del rudo real, del ladrón, del opiómano, de la meretriz:
Son más puros en lo prohibido. 
Los guardas son más hórridos que la delincuencia. 
Entre imperfecciones, elijamos la que  se sabe a sí misma. 
Junto a la iglesia de Viana, el pie sobre la tumba:
Todo o nada. Quizá fuese orgullo, problablemente -grité- 
buscaba otra vida, nos enseñaba un camino, 
a nosotros, descendiente en un mundo abolido, al pánico borde 
de la nada, educados en libertad ciebérnetica: Vivos cadáveres...
Llegó el condottiero y al bajarse del coche -atardecía- 
exclamó: Cuando no existe el delincuente no existe libertad.
Sin torceduras no hay vida. 
Sin transgresión, sin violación llamas a lo difunto vivir. 
La vida es cruel. Necesita serlo. 
Sólo en otra galaxia sin heridas será limpia la Vida
sin golpes, sin sangre, sin caridad, sin amor: Música. 
Ahora la imperfección es necesaria. 
Es nuesta sola garantía. 
Arrancó el condottiero su deportivo rojo. Rugió. Huyó de Viana. 
Campos de Viana. Mirábamos el futuro. 
Pedíamos desorden, creación, tumulto, variedad, exceso...
Nos daban leyes fijas. Palabra cuadradas. Piedra inmóvil.
(Hablaba Aludra). 
Quien estaba junto a mí, se arrodilló, 
cerca del barandal, a unos metros de la lápida humide, 
y rogó en voz alta: Manda a tus ángeles, Señor, 
venga la predicha apocatarsis, 
y arda todo cuanto ya está seco.
Fuego sobre los ríos. Montañas heridas. 
Ciudades de abismo. 
Destrúyelo todo, Señor, como prometiste en la Revelación. 
Luego vendrá la Vida. 
Y si no hay perfección, si no llegara, 
volverá, al memos, el terrible y humano Reino de la Orgía.
El Orden es siempre peor. Porque es frío y mata el Futuro.



RETRATO: «CABEZA DE HOMBRE» DE ANTONELLO DA MESSINA (de Álvaro Cunqueiro)


Retrato de un hombre. Antonello da Messina, 1476 Museo Cívico de Turín.


Alguien dijo que su mirada es desdeñosa.
Indiferente sonríe a las generaciones que pasan
y juzga, sin mostrarlo,
y sin que podamos sospechar que a lo mejor lleva
peso de muertes en su conciencia.
El hombre, un no sé qué de lujurioso,
una fina crueldad, un espiarte
de aquí hasta el fondo de la sangre y de los jardines
del pensamiento, y del sueño. Búrlase
de los siglos y de los ángeles, y de todo
lo que no dura, porque él es eterno.




PAULA MODERSOHN-BECKER, BODEGÓN, 1905 (de Cees Nooteboom)


La mesa del desayuno, 1905. Paula Modersohn-Becket

Papilla en un plato azul,
media hogaza gande, al lado.
Un huevo, un trozo de queso,
flores, un mantel.

No existe el tiempo en estas imágenes,
no estaba presente.
La papilla un brochazo incomestible,
¿qué significa todo esto?

¡Arte, con cuánta voracidad te ciernes
sobre la esencia de las cosas!
Aquel huevo no bajará por mi garganta,
nadie comerá del pan de aquella mesa,
y sin embargo,
en el taller de mis ojos,
el óleo se torna ahora alimento,
bodegón con hombre del futuro,
almuerzo en eterna espera
de mi boca entonces invisible,

mi hambre eterna saciada.



LAS ROSAS DE HELIOGÁBALO –Lawrence Alma-Tadema- (de Jesús Ponce Cárdenas)


Oggi ha l’uomo la morte anco ne’ foiri
Pietro Casaburi

Avizora y oscuramente sonríe,
inerme contiene sus latidos
como un anciano
que sostiene al corcel las riendas
de un ámbar acre
en reflexivo ademán.
Cada risa era un epitafio
en la copa de la pelvis:
los pétalos caían como dulces párpados mortales
en un revuelo de opalinas, vegetales mariposas.

La rosas de Heliogábalo. Luwrence Alma- Tadema, 1888




REBELIÓN DE ARTISTAS NEOCLÁSICOS (de Luis Antonio de Villena)



Jeunes filles au bord de la mer - Pierre Puvis de Chavannes - Musée d'Orsay


Ya mayor, el profesor Sendón estudiaba 
- encerrado en un despacho del Museo - 
ese liezo silencioso de Puvis de Chavannes 
con tres muchachas claras y un mar quieto... 
El profesor - sólo un foco sobre el cuadro - 
se quedó dormido. En una mesa adjunta 
su cuaderno de notas - entre croquis - decía: 
¿Quién podría saber mirar de espaldas? 

                            * * *

Tres horas después - lo dijo el reloj - 
Gustavo Sendón abrió mucho los ojos 
y vió como salía, muy despacio, del cuadro 
la más cercana chica, la que está recostada, 
y mira al espectador con raro tedio 
o frágil sensación de la melancolía...
Desnuda y abundantísima melena roja, 
con una gran tela blanca (modelo de academia) 
enroscada a las piernas fuertes y carne suave, 
hizo la doncella al profesor un gesto, 
en señal de acogida o de paz profunda, 
y sentándose en la mesa, le habló, sin ruido. 

                             * * *


Amigo, qué seco estás de corazón, qué cansado... 
Nada. ¡Alma, bendito dios de la palabras blancas! 
El territorio suyo no coincidirá con el país 
de la ley, ni la gente toda con el vuelo del ibis... 
Estás - lo sé - a punto de borrar tus líneas. 
Has tejido tanto las fibras que el tapiz 
- lo comprendo - ha perdido, en grumos, la figura. 
¡Hablaste en exceso de los gandes moribundos, 
y miras tú mismo ilustre la agonía! 
Amigo: El miedo va a librarte muy pronto del miedo...
Y aunque tu enorme túmulo complejo de razones 
aún no se acerque al recinto verdadero 
- porque el recinto es un vieje, lejano y largo - 
debes saber que al perdonarte te perdonan 
y al gozarte, gozan. Y en la abundancia cordial 
abundan en ti todos. Y aunque no lo creas, 
ni viendo este sol sin sol y esta playa 
sin ruido ni viento, lúcida de muchas caracolas, 
debes saber que instante es ese, ese 
que tan efímero parece devorar su mismo cuerpo...
¡Ah, si un Ángel de la Eternidad pudiese verte!  

                               * * *

Yo - me dijo el prefeso Sendón, 
mostrándome la reporducción del Puvis - 
he vivido y vivo en un borde de muerte. 
Agonizante, quizá por eso (como a pobres orates) 
acaso por la ruina de mi sensibilidad, 
aquella mujer - lo que fuese - lo habló. 
De espaldas no venos las monedas. 
Pero, fíjese, sí es posible escuchar su sonido...